Hace poco me di cuenta que a mis cortos veinte años, ya no puedo correr tan rápido, ni subirme ágilmente en el pasamanos y seguramente si intento jugar fútbol, terminaré por hacer el ridículo como la mayoría de las mujeres de las que solía reírme.
Debo aceptar que esto me provoca suma verguenza, dado que yo era una niña deportista, amiga de las pelotas y las canchas y las porterías. Yo no tenía problemas jugando fútbol con los niños, y los balones no iban directo a mi cabeza. No, yo era buena en eso.
Empecé nadando. Era la capitana de mi equipo (porque era la que mejor nadaba o porque el maestro quería con mi hermana...), y llegué a ir a competencias. La natación me dejó cuadritos abdominales por mucho, muchísimo tiempo.
Cuando entré a la secundaria, preferí practicar algo más coqueto. Entré al equipo de porristas y descubrí que tenía un talento innato para andar en las alturas y mantener un equilibrio casi perfecto. Tengo que decirlo: era muy buena. La única parte en donde tenía problemas, era cuando teníamos que bailar al compás de un remix bien mamón. Y como yo NO bailaba, mejor me ponían a hacer piruetas en el aire mientras todas enseñaban los calzones bailoteando.
Fui porrista toda mi secundaria. Por eso es que rechacé invitaciones para pertenecer en el equipo de atletismo, fútbol y voleibol. Pero esto no me impedía demostrarles en los exámenes de Educación Física que tan rápida, resistente, flexible y buena era en los deportes.
El último año de secundaria, llegaron nuevos entrenadores a salvar nuestro miserable equipo de niñas porristas que había quedado reducido a menos de diez personas. Hicieron un nuevo y mejorado equipo mixto y fiuum fuimos la sensación. Los niños nos manoseaban y las niñas nos sentíamos más seguras con esos fuertes brazos esperándonos abajo: todos éramos felices.
Cuando entre a la preparatoria, quería seguir con mi vocación de porrista, pero estas nuevas porristas eran unas arpías. Se creían modelos, se creían el centro del universo. Y aquí no había favoritismos por nadie. El entrenador era un maricón frustrado que explotaba adolescentes. Y lo peor de todo: todas teníamos que bailar.
Fue el fin de mi carrera como porrista y el fin de mis actividades deportivas. Desde entonces no corro, no brinco, ni nada. Correr me duele y las alturas me dan miedo.
Ahora, sólo estoy esperando el momento en que me salga panza.
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3 comentarios:
Y espérate a que tengas 36 y te sientas de 40. Saludos
Hey! qué tienes contra las porristas que enseñaban los calzoncitos???
jajaja yo qué puedo decir al respecto... soy el grinch de las hermanas ya que yo nunca fui ni porrista, ni deportista... ah y tampoco estuve en el cuadro de honor... u.u y aún así, soy bien feliz
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